Recuerdo la primera vez que escuché hablar de ella. No fue una imagen en una postal ni un vídeo viral, sino el susurro de una amiga gallega, con un brillo particular en los ojos, describiendo cómo el mar, con paciencia milenaria, había esculpido arcos y bóvedas en la roca. "Es como una catedral, pero de salitre y viento", me dijo, y el sonido de esas palabras se me clavó en el alma. Al instante, sentí la irremediable necesidad de ir. Y cuando finalmente pisé su arena, con la marea baja y el aire marino llenándome los pulmones, una sensación de asombro me invadió por completo. El olor a sal y a algas se mezclaba con la brisa fresca, y el eco de las olas rompiendo contra las paredes de roca sonaba como un canto ancestral, una sinfonía natural que te hace sentir minúsculo y, a la vez, parte de algo grandioso. La Playa de las Catedrales , o Praia das Catedrais como la llaman en su hermoso gallego, no es solo una playa; es un monumento a la persistencia de la naturaleza, ...
Un viaje por el nuevo mundo y el viejo mundo.